Por qué no queremos cambiar


Una de las cosas que vemos en orientación es que a las personas les cuesta mucho cambiar. En estos momentos que vivimos, las personas a las que oriento dicen que quieren cambiar de trabajo, buscar otro que tenga mejor sueldo y horario, o incluso quieren trabajar en una empresa en donde puedan crecer profesionalmente.

Cuando analizas las destrezas, las fortalezas y los requisitos que esos nuevos puestos y que las nuevas empresas requieren, hay un “uff” que se nota en el ambiente.

Es porque hay algo que “hay que cambiar”. Puede ser algo físico como cambiar de ciudad o desplazarnos a un ayuntamiento cercano. O algo más, como aprender un idioma, realizar una formación, cambiar de horario,…

Pero todos en la sesión de orientación, me dicen que no aguantan más. Que llevan mucho tiempo buscando un trabajo (y no tienen otro) o intentando cambiar de empleo, pero no sale.

Sin embargo la verdad es que hay miedo el cambio (dejar algo que tengo por algo que no sé) y para eso tener que estudiar, aprender, conocer algo nuevo para adaptarme a los requisitos del nuevo empleo.

Lo digo porque cambiar supone un esfuerzo personal, profesional, económico, de ocio, y la verdad porque tengo mucha experiencia o ya aprendí mucho hasta ahora, y “¡qué pereza!”

Estoy convencida que cuando aguantamos situaciones que nos hacen sufrir, lo que estamos haciendo es acabar con nuestra autoestima, aumentamos nuestra desesperación. Sabemos perfectamente que lo podríamos cambiar con un ¡ya!, pero no lo hacemos. Y la pregunta es: ¿Por qué no cambiamos una situación que nos destruye?

Porque nos cuesta salir de nuestra zona de confort.

¿Qué quiere decir? Nos cuesta salir de donde nos sentimos seguros. Aunque lo estemos pasado mal y sabemos que no es mi trabajo ideal, estamos seguros.

Os pongo el relato de Alberto Blázquez donde lo explica perfectamente:

“Un Hombre va de visita a casa de un amigo y cuando entra al comedor se encuentra con el perro de su amigo. El perro es grande, fuerte, pero está quejándose y llorando.

El visitante pregunta a su amigo, “¿Oye, que le pasa a tu perro? Parece enfermo”.

No te preocupes, le dice el amigo. Este perro es muy perezoso.

Los dos amigos se sientan a relatar sus viejas historias, mientras que el animal continua quejándose ante lo cual el visitante inquiere de nuevo a su amigo y le dice: “Me sabe mal por tu perro, ¿por qué no lo llevas al veterinario?”. El hombre le contesta nuevamente: “No te preocupes, es que este perro es perezoso”.

El visitante inquieto por la misma respuesta, le pregunta: “Oye ¿por qué dices todo el rato que este perro es perezoso? Yo lo que veo es que está enfermo y que está sufriendo”. Entonces el amigo le dice:

“Mira lo que le pasa es que lleva sentado encima de un clavo toda la mañana, sé que le duele y por eso se queja y se queja, pero no ha querido mover el culo de su sitio, porque con todo y a pesar del clavo, se siente cómodo y ya se ha acostumbrado a su sufrimiento”.

Espero que el post de hoy nos haga reflexionar y ver qué puedo cambiar para poder vivir mejor, por lo menos sin dolor.

Finalizo, espero que el post de hoy te ayude y si te puedo ayudar como orientadora profesional, contacta conmigo

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